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Los ojos del espejo

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 7 jun 2025
  • 2 min de lectura

Cada noche, antes de dormir, Marcela miraba al espejo. No porque se gustará, sino porque necesitaba verificar que todo estaba en su lugar. Sabía que debía hacerlo. No tenía opción. El espejo siempre le había mostrado lo mismo… hasta esa noche.

Al principio, fue solo un parpadeo. Algo en el reflejo no encajaba, como si el espejo hubiera alterado su imagen de forma sutil. Pero lo ignoró. Se dijo que era el cansancio. Sin embargo, la sensación persistió.

Al día siguiente, al levantarse, la observó más detenidamente. En el reflejo, algo se movió.

Un ojo. No el suyo. Un ojo en el espejo, mirando fijo. Marcela retrocedió. Pero al volver a mirar, no había nada. Solo su propio rostro.

Esa misma noche, el ojo apareció de nuevo. Esta vez, un susurro bajo emergió de los labios del reflejo:

—Estás conmigo ahora.

Marcela gritó. Rompió el espejo. Lo hizo pedazos con un martillo, pero no podía quitarse la sensación de que algo la miraba. En cada fragmento de vidrio, veía su rostro distorsionado, pero siempre con algo extraño: el ojo.

Durante semanas, los fragmentos del espejo seguían apareciendo en su casa. Cada vez que pasaba junto a un pedazo, el ojo la seguía. Cuando cerraba los ojos, lo sentía: el ojo estaba dentro de su cabeza, observándola desde el interior.

Marcela no podía dormir. Ni comer. Todo lo que hacía era evitar los espejos. Pero no podía evitar ver su reflejo, porque sabía que él la veía a ella.

Una mañana, despertó con una sonrisa en su rostro. Había olvidado la sensación del reflejo. Estaba tranquila. Era solo un mal sueño. Pero al mirarse al espejo, vio su propia cara… sonriendo de una manera que no podía controlar.

—Te tengo, Marcela. Te tengo… —susurró su reflejo, con voz propia.

Marcela no vivió para contar más. Los vecinos dijeron que se encontraba perfectamente bien, pero con una sonrisa… y unos ojos que ya no eran los suyos.


By María García



 
 
 

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