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LA HABITACION 303

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 3 jun 2025
  • 1 min de lectura

El Hotel Las Rosas era antiguo, elegante y casi siempre vacío. Ana, recepcionista nocturna, notó algo extraño en su primer mes: la habitación 303 siempre estaba ocupada, pero nadie entraba ni salía.

Cada noche, en el registro, aparecía el nombre: Eloísa Vega. No había reservado. Nunca pagaba. Nadie la veía.

Una madrugada, intrigada, Ana se armó de valor. Subió al tercer piso. El pasillo estaba helado. Al llegar a la 303, escuchó un murmullo tras la puerta. Lloraban. Golpeó suavemente. Silencio. Cuando intentó girar la perilla, estaba abierta.

Dentro, la habitación era una ruina: cortinas podridas, cama deshecha, una biblia abierta en el suelo. Y en la esquina… una mujer sentada, de espaldas, con el cabello largo y sucio cayendo hasta el suelo.

—¿Señora…? —susurró Ana.

La figura comenzó a girar lentamente la cabeza… demasiado lentamente. Ana salió corriendo.3

El gerente la reprendió al día siguiente.

—Le dije que no subiera. Esa habitación está cerrada desde 1985. Eloísa Vega se arrojó por la ventana… nunca nadie la sacó del registro. A veces… firma sola.

Ana renunció esa misma tarde. Pero antes de irse, bajó el registro del hotel. Su propia firma estaba allí, marcada para el turno siguiente… en la habitación 303.


By María García




 
 
 

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