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el peine de voces

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 7 jun 2025
  • 3 min de lectura

Lina odiaba los relojes. Siempre le recordaban que el tiempo avanzaba, indiferente a las heridas que dejaba atrás. Había perdido a su padre a los diez, a su hermano a los diecisiete y a su madre poco antes de cumplir veintiséis. Cada pérdida dejaba un hueco, un vacío que ni el paso del tiempo podía cubrir.

Era otoño cuando entró por error en una tienda que jamás había visto antes. No recordaba haber caminado hasta ese callejón ni cómo llegó allí, pero algo la atrajo. El letrero, sin nombre, chirriaba al viento como un lamento. Dentro, el polvo flotaba espeso, y el silencio era tan profundo que se escuchaba el tic-tac de cientos de relojes. Todos marcaban horas distintas.

En una repisa, en el centro exacto de la tienda, estaba el reloj de arena. Parecía insignificante, pero Lina no podía dejar de mirarlo. El cristal tenía la forma de dos cráneos enfrentados, unidos por un cuello estrecho. La arena negra descendía lentamente, como si no obedeciera las leyes del tiempo.

Un anciano apareció desde las sombras, con la piel amarillenta y los ojos como monedas de cobre.

—Solo cae hacia atrás —dijo, con voz hueca—. Pero el que lo gira… no vuelve igual.

Ella, sin saber por qué, lo compró. No pidió cambio, no hizo preguntas. Solo lo guardó en su mochila y se marchó.

Esa noche, lo colocó en su mesa. Lo giró.

El mundo gritó en silencio.

El suelo desapareció. La gravedad dejó de existir. Una presión invisible le atravesó el cráneo, como si algo enorme se colara dentro de su mente. Cayó en la oscuridad, y despertó… diez años atrás.

Su madre viva. Su hermano pequeño. Su perro que había muerto atropellado. Todo estaba igual. Todo, menos ella.

Sus manos temblaban. Sentía un ruido constante en el oído, como un zumbido de moscas. La luz del sol le lastimaba los ojos. Y el reloj… lo seguía teniendo.

Los días pasaron. Intentó corregir sus errores, abrazar más a su familia, evitar el accidente de su hermano. Pero el tiempo empezó a rechazarla.

Primero fueron grietas en las paredes, que sangraban un líquido oscuro por las noches. Luego, su reflejo comenzó a mirarla con odio. Su madre se congelaba a mitad de palabra, con la cabeza torcida y los ojos completamente negros. Su hermano despertaba a las 3:33 a.m., cada noche, gritando el mismo nombre que ella nunca había oído: "Sibilia".


Los objetos se deshacían si los tocaba demasiado tiempo. Los árboles se pudrían al paso de sus pies. Cada minuto en ese pasado era una invasión. Una herida abierta en el tiempo que supuraba podredumbre.

El reloj dejó de girar. La arena se detuvo. Lina, desesperada, lo golpeó, lo lanzó al suelo, lo intentó enterrar. Pero siempre reaparecía en su habitación. Sobre su almohada. Sobre su pecho. En su mano dormida.

Una noche, el mundo se detuvo.

Todo quedó congelado. El aire, denso. El cielo, negro sin estrellas. Y en el centro del salón, su madre y su hermano la miraban, con la piel rota, colgando de los huesos, los ojos vacíos como dos cuencas llenas de arena.

—No debiste volver —dijeron al unísono—. Esto ya no te pertenece.

El reloj se activó solo. La arena comenzó a subir.

Y Lina… desapareció.

Años después, una joven encontró la tienda en el mismo callejón. Todo estaba cerrado, menos una vitrina iluminada. Dentro, había un reloj de arena. La etiqueta colgaba de un hilo:

El tiempo no se toca. El tiempo no perdona


By María García

 
 
 

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