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el espejo

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 3 jun 2025
  • 2 min de lectura

Laura se despertó a las tres de la madrugada,

como todas las noches desde hacía semanas.

La oscuridad era densa,

el silencio lo único que podía oír.

El reloj de la cocina marcaba exactamente las 3:00 a.m.,

hora en la que algo siempre la despertaba.

Intentó ignorarlo, pero había algo en la esquina del pasillo.

Una sombra que no terminaba de desvanecerse

y la hacía sentir bastante incomoda.

El reflejo de su habitación estaba distorsionado en el espejo de la entrada,

como si alguien estuviera ahí, observándola.

Pero no había nadie.

Se levantó de la cama y,

con paso vacilante,

caminó hacia el espejo.

Al principio pensó que solo era su mente jugando con ella,

pero cuando se acercó,

vio la figura claramente reflejada: un hombre alto, con una chaqueta negra, parado a su lado.

Pero ella no se movía, estaba ahí petrificada, casi inerte.

Intentó gritar, pero no pudo.

Su voz se sentía ahogada y las palabras no salían de su boca.

La figura no se movía, tampoco la miraba.




Solo permanecía estática en el reflejo,

como si esperara que ella se acercara aún más.

Algo en su interior le decía que no debía tocar el espejo.

Que no debía acercarse más.

A pesar de sus miedos, Laura dio un paso más.

El aire se volvió denso,

como si la presión del cuarto hubiera aumentado.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Cuando estuvo a menos de un metro del espejo,

la figura giró y la miró directamente.

Sus ojos eran vacíos, pero llenos de malicia.

Entonces, sus labios se movieron,

y la voz no provenía de la figura, sino de su propio reflejo.

—Te estoy esperando. Solo debes cruzar.

Laura intentó retroceder,

pero no podía moverse.

Algo invisible la mantenía pegada al suelo.

Fue entonces cuando comprendió la verdad:

la figura no estaba en el espejo.

La figura era ella misma.

Un grito helado resonó en su cabeza,

y el espejo se rompió en mil pedazos.

En el suelo, lo único que quedó fue una imagen borrosa de su propio rostro reflejada en los fragmentos, mirándola, sonriente.


By María García

 
 
 

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