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EL CUARTO AZUL

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 7 jun 2025
  • 1 min de lectura

Martina se mudó a la casa vieja de su abuela tras su fallecimiento. Era una propiedad silenciosa, rodeada de árboles torcidos y el olor persistente de humedad. Lo primero que notó fue una puerta clausurada al final del pasillo, pintada de un azul gastado.

Su madre siempre le decía: “Nunca entres al cuarto azul. Tu abuela decía que lo cerró por una buena razón y no hay que desobedecer”.

Pero ahora que la abuela ya no estaba, y con la llave entre sus manos, la curiosidad fue más fuerte. Una tarde, empujó la puerta y entró.

Dentro no había nada más que una silla mecedora, una muñeca antigua sentada en ella, y un gran espejo polvoriento al fondo. Martina sintió un escalofrío, pero no pasó nada. Nada saltó. Nada chilló. Solo silencio.

Rio para sí misma. “Tantas advertencias… para esto”.

Esa noche durmió tranquila, más aliviada que nunca. Había vencido un miedo absurdo heredado.

Días después, los vecinos comenzaron a saludarla diferente. Con una mezcla de extrañeza y temor. Algunos cruzaban la calle al verla.

Una tarde, se miró detenidamente en el espejo del pasillo. Su reflejo no la imitó del todo. Era sutil: un leve movimiento, una sonrisa unos segundos después. Pero no estaba sincronizado.

Martina pestañeó.

Su reflejo no lo hizo.


By María García



 
 
 

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