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EL CUADERNO ROJO

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 3 jun 2025
  • 3 min de lectura

Ismael llevaba años luchando con el insomnio. Nada funcionaba: ni pastillas, ni terapias, ni rutinas estrictas. Había probado todo. Todo, excepto escribir. Su psicóloga se lo sugirió:

—Escribe lo que sientes antes de dormir. Libera a tu mente.

Y así fue como encontró el cuaderno. Estaba en una tienda de segunda mano, encajado entre libros viejos y fotos sin dueño. La tapa era de cuero rojo, ajada, con un cierre metálico que aún funcionaba. Algo en él lo llamó. Sentía que lo necesitaba.

La primera noche escribió simplemente:

“Hoy tampoco dormiré.”

Para su sorpresa, durmió ocho horas seguidas. La primera vez en años. Lo atribuyó al azar, pero repitió la rutina la noche siguiente. Escribió:

“Tengo miedo de soñar, pero quiero intentarlo.”

Durmió. Soñó con una mujer vestida de blanco, de pie al borde de su cama. No se movía. Solo lo miraba.

La noche siguiente, escribió sobre la mujer. Su presencia, sus ojos sin párpados. Esa noche, la mujer se le acercó. No habló. Solo respiraba con fuerza.

El patrón se repitió. Cuanto más escribía, más viva se volvía la figura del sueño. Ismael pensó que era su subconsciente, materializándose en una figura aterradora para liberar sus miedos. Pero el terror era real. Cada noche la mujer estaba más cerca. Más definida.

Una madrugada despertó empapado en sudor, sin poder moverse. Estaba paralizado. Y la figura… estaba sentada sobre su pecho. No soñaba. Estaba despierto.

Trató de tirar el cuaderno. Pero al día siguiente, apareció sobre su almohada, abierto en la última página escrita.

Buscó respuestas en la tienda. El dueño, un hombre anciano de rostro apagado, negó tener registros del cuaderno.

—Ese cuaderno… no debería haber regresado —murmuró.

—¿Qué dice? ¿Quién lo trajo?

—Nadie lo trae. Solo aparece cuando alguien lo necesita…

Ismael volvió a casa temblando. Decidió no escribir. Aguantó una noche. Luego otra. En la tercera, comenzó a escuchar pasos dentro del armario. Garras arañando desde dentro. Al abrirlo, no había nada. Pero encontró una hoja suelta. No escrita por él.

"No puedes dejar de contarme lo que sientes. Si no me escribes, entraré en tu realidad."

Ismael comenzó a deteriorarse. Escribía por obligación, no por alivio. Cada palabra era una cadena. La mujer en blanco ya no aparecía en sueños. Estaba en los reflejos. En el cristal de la ventana. En la pantalla apagada del televisor. Siempre allí, detrás de él.




Llamó a su psicóloga en pánico. Le pidió verla con urgencia. Ella lo recibió en su consultorio. Le habló con calma. Le pidió ver el cuaderno.

Cuando lo abrió, frunció el ceño.

—¿Ismael? Aquí no hay nada escrito. Está completamente en blanco.

Él lo tomó. Lo revisó con manos temblorosas. Las páginas estaban vacías. Todas.

—¡Pero… yo escribí aquí! ¡Todas las noches! ¡Ella me obliga!

—Ismael… este cuaderno… es tuyo. Lo trajiste desde la primera sesión. Nunca escribiste nada en él.

No volvió a casa esa noche. Fue internado por su propia seguridad. Dijeron que había sufrido un brote psicótico severo. Le prohibieron escribir, le quitaron lápices, papeles. Pero una noche, una enfermera encontró una nota escrita en la pared del cuarto acolchado. Con sangre.

"Ella ya no necesita palabras."

Un mes después, la psicóloga recibió un paquete. Sin remitente. Dentro, el cuaderno rojo. Cuando lo abrió, en la primera página estaba escrito con letra temblorosa:

"Gracias por continuar la historia."

Desde entonces, sueña cada noche con una mujer de blanco, que se sienta al borde de su cama y no la deja dormir.


By María García

 
 
 

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