EL BOLIGRAFO DE SANGRE
- Lina Alzate
- 7 jun 2025
- 3 min de lectura
Damián siempre se sintió vacío. No por falta de cosas, sino por una grieta en el alma que ni el éxito ni el afecto lograban llenar. Su primer libro, una novela oscura sobre la pérdida y el deseo, había tenido cierta fama, pero con los años, la inspiración lo abandonó, y él se convirtió en una sombra que vagaba entre cafés fríos y páginas en blanco.
Todo cambió cuando recibió una caja sin remitente, envuelta en una tela negra y vieja. Al abrirla, encontró un estuche de cuero desgastado con un símbolo grabado: una espiral con tres ojos. Dentro, había un bolígrafo. No parecía antiguo, pero su superficie metálica tenía vetas que recordaban a venas. Estaba tibio al tacto. Orgánico.
Damián, curioso y frustrado, decidió escribir.
No necesitó papel especial. Solo tocó la punta contra una servilleta, y una palabra brotó. Roja. Líquida. Viva.
“Lina.”
La palabra tembló. Damián no la escribió. Pero le pareció familiar. Continuó. Su mano, casi sin control, se deslizó con una fluidez que no había sentido en años. Las frases brotaban con precisión, como si alguien se las dictara desde adentro.
Escribió durante toda la noche. Cuando terminó, tenía en sus manos una historia completa sobre una joven llamada Lina y un reloj de arena que controlaba el tiempo… y lo deshacía. Era perfecta. Dolorosamente vívida. Como si la hubiera vivido.
La historia fue un éxito instantáneo. Su editor no dudó en publicar el relato como novela breve. Y Damián volvió a escribir.
El segundo texto fue aún más perturbador: una joven llamada Alina, que encontraba un peine antiguo que le susurraba con voces que no eran humanas. Damián no recordaba haber imaginado esa historia. De hecho, al escribirla, escuchaba las voces.
Sus manos comenzaron a temblar. El bolígrafo sangraba cada vez que lo usaba. No tinta. Sangre. Roja, espesa, cálida. Pronto notó que cada vez que escribía, le dolía una parte del cuerpo. Un dedo. Un ojo. Un diente. Como si cada palabra le quitara algo.

Y lo peor: los personajes comenzaron a aparecerle en sueños.
Soñó con Lina, atrapada en un desierto donde el tiempo se revertía y se repetía eternamente, con la arena entrando por sus ojos. Soñó con Alina, sin cabello, sin boca, llorando frente a un espejo que le devolvía otras caras. Lo miraban a él.
Una noche, escuchó pasos. No en sueños. Reales. Abrió los ojos y vio, al pie de su cama, a una mujer.
Vestía una túnica oscura, el rostro cubierto con un velo gris. Solo sus manos eran visibles. Largas. De uñas negras y huesudas. Sostenía los tres objetos: el reloj, el peine, y el bolígrafo. Y en el centro de su pecho, brillaba el mismo símbolo de la caja: la espiral con tres ojos.
—Tú escribiste nuestras cadenas —dijo con una voz como el crujido del fuego—. Ahora escribe la puerta.
Damián intentó huir. Corrió al baño. Se miró en el espejo. Pero su reflejo no lo imitaba. Lo miraba. Sonreía. Y le dijo:
—¿Crees que eras el autor? Solo fuiste el último escriba.
Enloquecido, Damián destruyó su escritorio. Quemó los manuscritos. Tiró el bolígrafo por el desagüe. Pero esa misma noche, al despertar, encontró su cuerpo cubierto de letras. Palabras en su piel. Sangre en su almohada.
Las frases decían:
“Escribe. O escribe en ti. No hay silencio para los marcados.”
Al día siguiente, fue encontrado muerto en su departamento. Sonriente. Con los ojos abiertos. Y el bolígrafo en su mano derecha, todavía escribiendo en el suelo. Con letras que no se detenían.
La policía encontró tres objetos sobre la mesa:– Un reloj de arena cuya arena subía, no bajaba.– Un peine cubierto de cabello largo y negro.– Y el bolígrafo, goteando sangre.
Nadie entendió lo que pasó.
Pero un investigador curioso tomó los objetos como evidencia y los guardó. Hasta que, días después, su esposa desapareció tras peinarse con aquel peine.
🔥 Epílogo Final – El Pacto de Sibilia
Hay una leyenda entre coleccionistas de objetos malditos. Cuentan que cada siglo, aparece una mujer llamada Sibilia, tejedora de los hilos del destino. No es un demonio. No es un espíritu. Es más antigua. Es la que observa. La que escucha. La que escribe.
Y solo puede manifestarse completamente cuando tres almas escriben su historia:– Una que rompe el tiempo.– Una que rasga la identidad.– Una que entrega la voz.
Lina. Alina. Damián.
Los tres cumplieron su parte.
Y ahora, ella camina entre nosotros.
En cada reloj de arena sin dueño. En cada espejo que no refleja lo que debe. En cada palabra escrita sin recordar cuándo o por qué.
By María García



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