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DONDE HABITAN LAS VOCES

  • Foto del escritor: Lina Alzate
    Lina Alzate
  • 3 jun 2025
  • 2 min de lectura

La casa de los Ramírez había estado vacía por más de treinta años.

Nadie en el pueblo quería acercarse a esa estructura de madera oscura y de ventanas selladas.

Decían que se escuchaban voces desde adentro, incluso de día.

Valentina, periodista de lo paranormal, no creía en rumores.

Su canal en redes sociales necesitaba contenido potente, así que decidió pasar una noche entera grabando en la casa maldita.

Llegó al atardecer, cargada de cámaras, linternas y un micrófono de alta sensibilidad.

La puerta principal se abrió sin resistencia.

El aire olía a tierra y encierro, pero no a muerte… aún.

Instaló una cámara fija en el salón, otra en el pasillo y una tercera en el sótano.

En cada rincón, el mismo sonido de fondo: susurros bajos, constantes, como si las paredes respiraran oraciones.

Encendió la grabadora.

—Comienza la investigación en la casa de los Ramírez. Si hay algo aquí… que se manifieste.

Y las voces, como obedeciendo a algo más, se callaron de golpe.

Pasadas las tres de la madrugada, Valentina sintió que no estaba sola.

No lo vio, pero lo sintió: una sombra que se desplazaba al borde de su visión.

Decidió bajar al sótano.

Allí, la temperatura era más baja, y en el suelo encontró marcas de uñas, como si alguien hubiera rascado para escapar.

—¿Hay alguien aquí? —preguntó con su voz temblorosa y respiración agitada.

Las luces parpadearon. Y en el silencio que siguió, una voz infantil respondió:

—No estamos solos. No desde que tú llegaste.




El pánico comenzó a asomar, pero Valentina, profesional hasta el final, siguió grabando.

De regreso al salón, vio que una de las cámaras había girado por sí sola, apuntando al techo.

Subió la vista. Había algo colgado… no, no algo. Alguien.

Una figura desmembrada, flotando sin cuerdas, con los ojos abiertos y la boca cosida.

Corrió rápidamente.

Salió de la casa y se subió a su carro.

Dentro de su vehículo comenzó a revisar el metraje en su laptop, pero no había nada.

Todo estaba en silencio. Las cámaras no mostraban movimiento.

Solo… una figura de espaldas en cada toma.

Siempre en el mismo lugar donde ella estuvo. Siempre en segundo plano.

Volvió a casa y subió el video.

Al día siguiente, el canal explotó.

Miles de visualizaciones.

Comentarios aterrados.

Algunos espectadores afirmaban ver rostros escondidos entre los píxeles.

Otros juraban oír voces que no estaban en la grabación original.

Y entonces comenzó lo peor.

Las voces la siguieron.

Por las noches, escuchaba murmullos tras las paredes.

La televisión se encendía sola, mostrando el último video, con nuevas imágenes: ella durmiendo. Desde dentro del cuarto.

Un susurro en su oído:

—Nos llevaste contigo, Valentina. Somos tus seguidores ahora.

Intentó borrar el video. Pero cada vez que lo eliminaba, alguien más lo volvía a subir. Con nuevas escenas. Más claras. Más cercanas.

Desapareció una semana después. No dejó nota. Solo una transmisión en vivo que nadie pudo rastrear. En ella, Valentina aparecía sentada, quieta, con los ojos en blanco. Detrás de ella, decenas de sombras.

Y una voz, que no era la suya, susurró al final:

—Gracias por mirar. Ahora nosotros los veremos a ustedes.


By María García

 
 
 

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